Solo estaba él. Él, sus ojos, sus
pestañas y esa gran sonrisa que no había perdido durante toda la conversación.
-Ehm…
Blackeline. Me llamo Blackeline, pero supongo que me puedes llamar Black.
Zayn asintió, moviendo lentamente
la cabeza de arriba a bajo.
-Black… Extraño nombre, la
verdad.- Confirmó haciendo una mueca que no supe descifrar.
-Si tú lo dices…-Sus palabras me
habían sacado instantáneamente de mi ensoñación. Nunca me había gustado mi
nombre, pero el que él confirmara que no le gustaba me ponía enferma.- Que no
te guste no significa que tengas que poner esa cara de asco, se dice ‘saber disimular’.
-No he dicho que no me guste,
simplemente es… diferente, inusual, raro.
No hubo contestación alguna a sus
palabras, las cuales fueron como una patada derecha hacia el estómago para mí.
Eso mismo me recordó que hacía muchas horas que no comía y que ya era hora de
ir yendo hacia dentro, hacia la mesa 16, la infantil.
Di media vuelta, dejando a Zayn
con la palabra en la boca, me sentí bien al hacerlo, ya que segundos antes él
me había hecho sentir más o menos mal.
Entré en el restaurante y fui derecha
a mi mesa. Justo como me la esperaba. Eran como unos doce niños gritones y
movidizosos. No los soportaba, odiaba a los niños.
De pronto, vi a mi madre
acercarse.
-Antes de que digas nada, tu
hermana te ha puesto en esta mesa para que cuides de los niños.- Dijo con un
tono pausado y sereno.
-Mamá, Daisy sabe de sobras que
odio profundamente a los niños y que yo ya no soy ninguna cría, tengo 19 años.
¿Por qué me hace esto?
-Vamos, no seas mala, no
estropees su día, quédate aquí, y vigílalos.- Dichas estas palabras con las que
pareció satisfecha, se giró y se fue directa a su mesa.
Me había dejado muda. ¿Cómo que “no
estropees su día”? Confirmado, mis padres me tenían por una niña pequeña e inmadura
capaz de arruinar la boda de su propia hermana. Perfecto, absolutamente
perfecto.
De pronto, me sentí observada.
Miré entre las mesas, y finalmente vislumbré a una figura entre los asistentes.
El chico de antes, Zayn, que me miraba fijamente con esos ojos suyos.
Le miré e intenté aguantar la
mirada, él no la apartaba de mí, estaba serio. Aguanté unos segundos hasta que
noté como la sangre me subía a la cabeza y me ponía roja por momentos. En su
boca se dibujó una pequeña sonrisa. Me giré rápidamente, él había ganado la
batalla. Esperé a que trajeran los platos con la comida.
Al fin y al cabo, los niños no se
portaban tan mal, estaban más preocupados por llenar sus estómagos que por
idear un plan maléfico.
Comí hasta hartarme, y cuando
llegó la tarta, ya no pude más.
Después de que los novios
bailaran solos románticamente en la pista de baile, todos los asistentes a la
boda se unieron.
Pero yo, que iba con tacones y no
estaba muy acostumbrada a ellos, me quedé sentada en mi silla, con los codos
encima de la mesa aguantándome la cabeza, y los ojos se me iban cerrando
lentamente, los sonidos exteriores se iban mezclando y alejando…
-No te apetece… ¿Bailar?-
Interrumpió mi paz una voz que me sonaba familiar y de la que sabía
perfectamente quien era el dueño.
-No gracias, estoy bien. – Dije
casi a media voz, sin abrir los ojos.
Escuché el arrastre de una de las
sillas y ésta poniéndose a mi lado, Zayn se sentó en ella.
-No tienes porqué ser tan
desagradable conmigo, no te he hecho nada malo.
Suspiré, abrí los ojos y giré mi
cuerpo hacia él lentamente.
-No estoy siendo desagradable, yo
soy así, si no te gusta, no me hables.- Vi cómo ante mis palabras apretaba los
puños, encima de sus rodillas. Al ver que no contestaba, intenté suavizar un
poco mi tono.- Además, estoy cansada, he tenido que cuidar de doce niños y el rollo
de la preparación de la boda me ha dejado aturdida.
-Es verdad, estabas en la mesa
infantil.- Dijo él con un tono burlón y divertido.
-Sí. ¿Algún problema?
-No.
-Vale.
-Muy bien.
-Perfecto.
-Estupendo.
-No voy a seguir tus jueguecitos.
-Nadie te ha pedido que lo hagas.
-Bueno, déjame descansar.- Pedí
haciendo el intento de girarme otra vez hacia la mesa.
Zayn me cogió del brazo con su
mano, se levantó de su asiento, y con él me levantó a mí de la silla. El roce
de su piel con la mía tan repentinamente me había dejado parada.
-¿Pero qué diablos haces?-
Pregunté cuando fui capaz de reaccionar.
-Vamos a bailar, eso te
tranquilizará y te hará perder toda esa tensión que tienes.
-No.-Dije cortándole y haciendo
que en su cara apareciera una mueca de desaprobación.
-Sí, es una obligación.-Dijo
serio, pero notándose el tono divertido en sus palabras.
Entonces, noté el suave tacto de
la piel de sus manos en mis brazos, las bajó hasta mi cintura. Estábamos
extremadamente juntos el uno del otro. No había centímetros que separaran
nuestros cuerpos. Me había quitado mi espacio y con eso se había llevado mi
respiración.
-Vamos, baila conmigo. –Lo miré a
los ojos y fue lo peor que podría haber hecho. Me maldecí a mi misma al
instante. Otra vez caía en sus trampas, no podía resistirme a sus encantos, y
menos a esos ojos.
Finalmente asentí. Apoyé mi
cabeza en su hombro y bailamos lentamente una canción de la que ni siquiera
sabía el título, pero que hablaba de un chico que le pedía a su pareja que
nunca la dejara. En esos momentos, en los brazos de Zayn, me
recorrió un escalofrío por todo el cuerpo. Me sentía como si nada malo pudiera
pasarme en ese instante; me sentía segura.
Entonces, la canción terminó, y
con ella esa sensación que me embargaba por completo, ya que Zayn me dejó de
sujetar, se aproximó a mi oído y susurro unas palabras que no logré entender.
Entonces se giró en dirección a
la puerta y yo no era capaz de pronunciar palabra. Se sumergió entre la gente
en la pista de baile. Que se fuera tan repentinamente no entraba en mis
cálculos, me hizo sentir rematadamente mal.
Inmediatamente y sin pensarlo,
fui tras él, las cosas no podían quedar así.
Lo busqué y no estaba por ningún
lado. Yo me estaba poniendo nerviosa. ¿Dónde coño se había metido?
Iba con la intención de
preguntarle a Jack, pero lo vi hablando alegremente (un poco demasiado
alegremente a causa del alcohol ingerido) con su padre y no quise interrumpir.
Me fui
afuera del restaurante, no estaba. El viento frío azotaba la piel desnuda de
mis hombros y me hacía estremecer, me abracé a mí misma. La sensación de
soledad se intensificó y finalmente fue inmensamente grande. Se había ido. ¿Para siempre?

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