martes, 13 de agosto de 2013

Capítulo dos.




Solo estaba él. Él, sus ojos, sus pestañas y esa gran sonrisa que no había perdido durante toda la conversación.
-Ehm… Blackeline. Me llamo Blackeline, pero supongo que me puedes llamar Black.



Zayn asintió, moviendo lentamente la cabeza de arriba a bajo.
-Black… Extraño nombre, la verdad.- Confirmó haciendo una mueca que no supe descifrar.
-Si tú lo dices…-Sus palabras me habían sacado instantáneamente de mi ensoñación. Nunca me había gustado mi nombre, pero el que él confirmara que no le gustaba me ponía enferma.- Que no te guste no significa que tengas que poner esa cara de asco, se dice ‘saber disimular’.
-No he dicho que no me guste, simplemente es… diferente, inusual, raro.
No hubo contestación alguna a sus palabras, las cuales fueron como una patada derecha hacia el estómago para mí. Eso mismo me recordó que hacía muchas horas que no comía y que ya era hora de ir yendo hacia dentro, hacia la mesa 16, la infantil.
Di media vuelta, dejando a Zayn con la palabra en la boca, me sentí bien al hacerlo, ya que segundos antes él me había hecho sentir más o menos mal.
Entré en el restaurante y fui derecha a mi mesa. Justo como me la esperaba. Eran como unos doce niños gritones y movidizosos. No los soportaba, odiaba a los niños.
De pronto, vi a mi madre acercarse.
-Antes de que digas nada, tu hermana te ha puesto en esta mesa para que cuides de los niños.- Dijo con un tono pausado y sereno.
-Mamá, Daisy sabe de sobras que odio profundamente a los niños y que yo ya no soy ninguna cría, tengo 19 años. ¿Por qué me hace esto?
-Vamos, no seas mala, no estropees su día, quédate aquí, y vigílalos.- Dichas estas palabras con las que pareció satisfecha, se giró y se fue directa a su mesa.
Me había dejado muda. ¿Cómo que “no estropees su día”? Confirmado, mis padres me tenían por una niña pequeña e inmadura capaz de arruinar la boda de su propia hermana. Perfecto, absolutamente perfecto.

De pronto, me sentí observada. Miré entre las mesas, y finalmente vislumbré a una figura entre los asistentes. El chico de antes, Zayn, que me miraba fijamente con esos ojos suyos.
Le miré e intenté aguantar la mirada, él no la apartaba de mí, estaba serio. Aguanté unos segundos hasta que noté como la sangre me subía a la cabeza y me ponía roja por momentos. En su boca se dibujó una pequeña sonrisa. Me giré rápidamente, él había ganado la batalla. Esperé a que trajeran los platos con la comida.

Al fin y al cabo, los niños no se portaban tan mal, estaban más preocupados por llenar sus estómagos que por idear un plan maléfico.
Comí hasta hartarme, y cuando llegó la tarta, ya no pude más.

Después de que los novios bailaran solos románticamente en la pista de baile, todos los asistentes a la boda se unieron.
Pero yo, que iba con tacones y no estaba muy acostumbrada a ellos, me quedé sentada en mi silla, con los codos encima de la mesa aguantándome la cabeza, y los ojos se me iban cerrando lentamente, los sonidos exteriores se iban mezclando y alejando…
-No te apetece… ¿Bailar?- Interrumpió mi paz una voz que me sonaba familiar y de la que sabía perfectamente quien era el dueño.
-No gracias, estoy bien. – Dije casi a media voz, sin abrir los ojos.
Escuché el arrastre de una de las sillas y ésta poniéndose a mi lado, Zayn se sentó en ella.
-No tienes porqué ser tan desagradable conmigo, no te he hecho nada malo.
Suspiré, abrí los ojos y giré mi cuerpo hacia él lentamente.
-No estoy siendo desagradable, yo soy así, si no te gusta, no me hables.- Vi cómo ante mis palabras apretaba los puños, encima de sus rodillas. Al ver que no contestaba, intenté suavizar un poco mi tono.- Además, estoy cansada, he tenido que cuidar de doce niños y el rollo de la preparación de la boda me ha dejado aturdida.
-Es verdad, estabas en la mesa infantil.- Dijo él con un tono burlón y divertido.  
-Sí. ¿Algún problema?
-No.
-Vale.
-Muy bien.
-Perfecto.
-Estupendo.
-No voy a seguir tus jueguecitos.
-Nadie te ha pedido que lo hagas.
-Bueno, déjame descansar.- Pedí haciendo el intento de girarme otra vez hacia la mesa.
Zayn me cogió del brazo con su mano, se levantó de su asiento, y con él me levantó a mí de la silla. El roce de su piel con la mía tan repentinamente me había dejado parada.
-¿Pero qué diablos haces?- Pregunté cuando fui capaz de reaccionar.
-Vamos a bailar, eso te tranquilizará y te hará perder toda esa tensión que tienes.
-No.-Dije cortándole y haciendo que en su cara apareciera una mueca de desaprobación.
-Sí, es una obligación.-Dijo serio, pero notándose el tono divertido en sus palabras.
Entonces, noté el suave tacto de la piel de sus manos en mis brazos, las bajó hasta mi cintura. Estábamos extremadamente juntos el uno del otro. No había centímetros que separaran nuestros cuerpos. Me había quitado mi espacio y con eso se había llevado mi respiración.
-Vamos, baila conmigo. –Lo miré a los ojos y fue lo peor que podría haber hecho. Me maldecí a mi misma al instante. Otra vez caía en sus trampas, no podía resistirme a sus encantos, y menos a esos ojos.
Finalmente asentí. Apoyé mi cabeza en su hombro y bailamos lentamente una canción de la que ni siquiera sabía el título, pero que hablaba de un chico que le pedía a su pareja que nunca la dejara. En esos momentos, en los brazos de Zayn, me recorrió un escalofrío por todo el cuerpo. Me sentía como si nada malo pudiera pasarme en ese instante; me sentía segura.
Entonces, la canción terminó, y con ella esa sensación que me embargaba por completo, ya que Zayn me dejó de sujetar, se aproximó a mi oído y susurro unas palabras que no logré entender.
Entonces se giró en dirección a la puerta y yo no era capaz de pronunciar palabra. Se sumergió entre la gente en la pista de baile. Que se fuera tan repentinamente no entraba en mis cálculos, me hizo sentir rematadamente mal.
Inmediatamente y sin pensarlo, fui tras él, las cosas no podían quedar así.
Lo busqué y no estaba por ningún lado. Yo me estaba poniendo nerviosa. ¿Dónde coño se había metido?
Iba con la intención de preguntarle a Jack, pero lo vi hablando alegremente (un poco demasiado alegremente a causa del alcohol ingerido) con su padre y no quise interrumpir.
Me fui afuera del restaurante, no estaba. El viento frío azotaba la piel desnuda de mis hombros y me hacía estremecer, me abracé a mí misma. La sensación de soledad se intensificó y finalmente fue inmensamente grande. Se había ido. ¿Para siempre?

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