jueves, 8 de agosto de 2013

Capítulo uno.



-Vamos Daisy, despierta.
-Cinco minutos más, por favor, cinco más, mamá…- Dijo ella con su típica voz ronca que causa el despertar.
-No soy tu madre, soy tu hermana. Y vamos, levántate ya, tienes al novio esperándote en el altar.
Al instante, Daisy abrió los ojos de par en par, levantó su delicado cuerpo de la cama y se puso en pie.
-Mierda… ¿Qué hora es? No me acordaba.- Dijo ésta caminando de un lado a otro de la habitación.-Mierda, mierda, no, no, no…
-Para. Daisy, para.-Me levanté de la esquina de la cama en la que estaba sentada, fui directa hacia ella y la cogí de los hombros.- Es temprano aún, pero te he despertado porque conociéndote, tardarás mucho en prepararte, una eternidad, así que vamos, ve. – Hice un largo suspiro.-Hoy es tu día.
-Tienes razón, todo va bien, todo va como la seda, sí, sí…- Le entró una risa nerviosa.- Me voy a dar una ducha.
Daisy era mi hermana mayor, cinco años mayor. Vivía junto a ella desde hacía un año. Las dos íbamos a la universidad, ella estaba a punto de terminar, yo apenas había empezado este curso. De pequeñas vivíamos con nuestros padres, pero obviamente, al ir a la universidad nos vimos obligadas a mudarnos.
En realidad le tenía envidia, incluso más de la que es usual entre hermanas. Ella era guapa, muy guapa. Era inteligente, amable, simpática, sobresalía en casi todos los aspectos en los que uno puede sobresalir. Era todo lo contrario a mí. Yo no es que me odiara, pero tampoco me quería como hubiera debido.
Y bueno, ese día mi hermana se casaba. Un poco joven, sí, pero ella era feliz junto a su novio, Jack, con el que llevaba saliendo desde hacía dos años. Admiraba su relación, ni una sola pelea, al menos que yo supiera, se llevaban espléndidamente.
Por ese motivo, mis padres no tuvieron ninguna objeción a que la boda se llevara a cabo.
Después de la boda, Daisy se iría a vivir a la casa de Jack situada en el centro y yo me quedaría sola en este piso. La idea me producía escalofríos.
Me quedé plantada de pie un buen rato, encima del suelo tapizado de la habitación de Daisy, pensando en cómo de rápido había pasado el tiempo. Finalmente, me fui a mi habitación y me empecé a preparar para el suceso del día.
Al cabo de unas horas, Daisy me llamó.
-Oh, Blackeline Mariah Soncate estás preciosa. Más que yo. ¿Sabes? Es ilegal ir más guapa que la novia, voy a tener que echarte de la boda.-Permanecía de pie delante del espejo del baño. Se le dibujó una sonrisa en el rostro.
-Daisy, ¿De qué hablas? Tú estás hermosa, mírate. Eres la novia más guapa de todas las novias que ha habido.- Y lo era. El vestido blanco le resaltaba la piel dorada que tenía, y el recogido de la melena rubia era muy natural y sencillo, como tenía que ser.
-Ven, mírate tú. –Daisy me cogió de la mano y me llevó enfrente al espejo. Me rodeó con el brazo y se quedó expectante esperando ver mi reacción.
La verdad, no estaba tan mal como había imaginado. Llevaba un vestido azul eléctrico corto por delante y más largo por detrás. El cabello ondulado me caía encima de los hombros y se esparcía por todo mi espalda. Los tacones hacían que pareciera que mis piernas se hubieran alargado el triple. No estaba nada mal…
Finalmente sonreí y Daisy pareció satisfecha con mi respuesta.
Interrumpiendo nuestro emocional momento, sonó el timbre. Mi padre nos venía a recoger. Nos llevó directas a la iglesia.
La ceremonia se paso muy rápidamente. Jack, que iba guapísimo de esmoquin, fue el primero en dar el sí quiero, y, a continuación, mi hermana, con su voz más segura, confirmó su aceptación al matrimonio.
Unas horas después ya entrábamos todos al restaurante, dispuestos para comer.
Nos teníamos que sentar en distintas mesas, todos distribuidos según los novios lo habían elegido. Al entrar, frente a la puerta de aquel lujoso restaurante, había la lista en la que decía qué mesa le tocaba a cada uno.
Fui bajando mi mirada por los nombres de la lista. "Mesa 16 (Mesa infantil)" y justo debajo del título, mi nombre. Genial, tendría que compartir mesa con unos mocosos de 8 años. ¿Lo mejor? Odiaba a los niños.
Me decidí a ir a hablar con mi hermana para pedirle un cambio de mesa, ya que no soy ninguna cría, cuando algo, mejor dicho, alguien se interpuso en mi camino.
-Permiso. Lo siento. Paso… -Dije yo con una voz entrecortada.
-No, no te dejo pasar.-Dijo el obstáculo que me impedía llegar hasta mi hermana.
-Mira, es fácil. Tu hacia tu izquierda y yo hacia mi izquierda. Me dejas pasar y olvidamos este pequeño e incómodo accidente.-Al terminar la frase intenté avanzar, pero el chico me volvió a barrar el paso.
-Malik, para los amigos Zayn.- Dijo éste estirando una mano hacia delante para que se la apretara.
-Estupendo me parece, ahora ya puedo vivir tranquila, no sé como hubiera sobrevivido sin tener esa información.- Dije quizá sonando un tanto brusca y con la ironía destacando en mis palabras.
-Vamos, no seas así. ¿Cómo te llamas? – Preguntó mirándome a mis ojos con los suyos. Sentí algo en mi interior, un click, algo se encendió, quizás era por la impotencia de no conseguir llegar hasta mi hermana, que ésta se estaba yendo hacia otra dirección… Aunque bien mirado, eso ya no me importaba tanto. Estaba inmersa en los profundos ojos de un marrón cálido que se estaba oscurizando por momentos de aquel chico desconocido. Pestañeó. Y fue como si de un ángel se tratara. Sus largas pestañas se juntaron por un momento. Solo estaba él. Él, sus ojos, sus pestañas y esa gran sonrisa que no había perdido durante toda la conversación.
-Ehm… Blackeline. Me llamo Blackeline, pero supongo que me puedes llamar Black. 

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